La preparación de un retiro, de un cursillo, de una jornada de metodología es un tiempo de gracia, un tiempo “suspendido” y “enfocado”.
Se dice en Cursillos: “el Señor capacita”. Y es así nomás. El Espíritu intercede y busca los modos de que los dirigentes del equipo vayan entrando de a poco en esa atmósfera previa a un gran Encuentro, a un acontecimiento de gracia.
Ya desde el llamado inicial, la última semana de julio, el equipo de la Jornada de Metodología nº 78 se propuso hacer una preparación consciente, responsable, posible. Que luego diera lugar a una jornada igualmente normal, sencilla, sin estridencias, enfocada en lo esencial de los contenidos, pero sobre todo en la que hubiera ganas de compartir y de aprender.
Por eso también fue lógico y natural, en esa última semana de julio, poner toda la tarea bajo el patrocinio de Marta, María y Lázaro, en el espíritu de la casa de los amigos del Señor en Betania, casa en la que se descansaba, se conversaba, se ayudaba, seguramente se debatía (como nos muestra esa hermosa serie que se llama “Los elegidos”) y sobre todo se estaba en la compañía y en la presencia del Señor.
Uno imagina que el Jesús de Betania es el mismo de los Evangelios, pero mucho más relajado, más alegre, con observaciones más agudas, siempre atento a todo y a todos. Ese mismo Cristo Jesús vivo, normal, cercano, que Cursillos quiere presentar al mundo.
Hablar o explicar acerca de lo normal es lo más difícil. Lo doméstico no tiene estridencias, no llama la atención, carece de toda espectacularidad, es poco “instragrameable”. Acaso no haya anécdotas para testimoniar que en estas Jornadas todo ocurrió según lo previsto, que la comida estuvo rica, que la gente se llevó bien, que cada uno dio lo mejor de sí en los rollos, que festejamos dos cumpleaños, que nos cansamos todos un montón, que hubo intercambios pero sin enojos, que no todos estamos de acuerdo en todas las cosas. Vivir y tratar de comportarse al modo de los seguidores de Cristo, en ese registro de normalidad, es la mejor manera de testimoniarla.
En ese punto hay que decir que la jornada fue una bendición del Señor. En general vamos por la vida con nuestras mochilas, nuestras agendas, nuestras obligaciones. Y cada tanto necesitamos hacer una parada, un descanso. Ese encuentro fue en gran medida una Posada en el camino, una celebración de la vida.
El Señor se hizo presente, se hizo cercano. Y nos dejó un hermoso detalle en la liturgia, signo de esa presencia. Originalmente y según se había programado, la jornada iba a hacerse entre el viernes 25 y el domingo 27 de octubre. Por un error burocrático hubo que moverla una semana. Con eso, la Misa principal de la Jornada, compartida también con el equipo de servicio, fue la del sábado 2 de noviembre, día de los fieles difuntos. En el Evangelio de ese día leemos que “cuando Jesús llegó a Betania, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Betania distaba poco de Jerusalén: unos quince estadios; y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María para darles el pésame por su hermano…”. Como sabemos, ahí en Betania, el Señor devolvió la vida a su amigo Lázaro. Y nos dejó una enseñanza inaudita, capaz de fermentar la tierra, un mensaje que desborda todas las épocas y todas las culturas: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, jamás morirá”.
DE COLORES
Fabián Pascual, Cursillo 98
