Elisa Rosselló i Forteza
Diario de Mallorca 19/8/2024
Eduardo Bonnín Aguiló, nació en Mallorca el 4 de mayo de 1917, y fue el segundo hijo de diez hermanos de una familia acomodada de comerciantes. Heredó de su abuelo Jorge la pasión por la lectura, Eduardo combinaba una manera sencilla de ser junto a una gran inteligencia, curiosidad innata, gran sentido del humor, un carácter afable, amable y acogedor que contrastaba al mismo tiempo con su gran timidez. En la Mallorca de postguerra, cursando el servicio militar obligatorio, descubrió que los jóvenes del cuartel no vivían la fe tal y como él la había conocido desde su infancia. Las grandes cualidades humanas de esos compañeros impactaron al joven Eduardo preocupado al descubrir que estos no se sentían amados por Dios. Por aquel entonces todavía resonaban en su mente las palabras del papa Pío XII que en un discurso dirigido a los párrocos en 1940, destacaba la preocupación por el distanciamiento de los cristianos «alejados». Fue entonces cuando Eduardo pensó que tenía que hacer algo… ¿Pero qué? Toda persona merece saber que Dios le ama, toda persona tiene que poder vivir su alegría en su día a día y desde la normalidad, desde su ser de persona, desde su unicidad propia, en amistad con un Cristo amigo, normal y cercano, y sobre todo desde la libertad… Ese era el pensamiento de Eduardo.
A través de José Ferragut, fue invitado a formar parte de acción Católica, y pese a no identificarse con el colectivo ni con el porqué de su existencia, frente a la insistencia de su amigo, accedió a formar parte de un «cursillo de adelantados de peregrinos» que se estaban realizando para preparar la peregrinación a Santiago de Compostela. Fue más o menos por aquel entonces cuando el joven Eduardo desarrolló el llamado Estudio del ambiente, futura piedra angular de los cursillos de cristiandad, en el que se reflejaban si no todas, la mayoría de actitudes existentes ante la Iglesia y la religión. Para llegar a la persona, es importante conocer el ambiente en el que se mueve y ante el que responde, debemos conocer y comprender a la persona para poder acercarnos a ella, entenderla y descubrirla como «una fuente escondida», gracias a su gran capacidad de amar y de sentirse amada, pues con demasiada frecuencia la circunstancia, o el propio «personaje» nos aleja de nosotros mismos.
Fue entonces cuando, invitado a realizar un nuevo cursillo de preparación para la peregrinación a Santiago, Eduardo tuvo la iniciativa de cambiar ese propósito, e ideó un cursillo «diferente» a los anteriores, pues más allá de la preparación para un viaje de peregrinos, él aspiraba a que las personas se encontraran más fácilmente con el Amor de Dios y que ello les motivase para vivirlo en su día a día toda la vida. De este modo es como allá por el año 1944 del 19 al 23 de agosto tuvo lugar el primer cursillo de cristiandad de la historia en un chalet de Cala Figuera, Mallorca. Su resultado fue muy grato, tuvo mucho éxito y en él hubo mucha alegría. Gracias a todo ello después de éste se celebraron muchos otros cursillos que forman parte de la historia. Vale la pena recordar que en la clausura de uno de ellos resonaron con entusiasmo palabras de sus participantes tales como «¡No pararemos hasta realizar un cursillo en la luna!».
A día de hoy, en el 80 aniversario del nacimiento de Cursillos de cristiandad, todavía no hemos hecho ningún cursillo en la luna, pero sí contamos con la extensión del movimiento por todo el planeta y en los cinco continentes. Su mensaje llega a los ambientes y al ser de persona de manera universal, pues la buena noticia de que Dios te ama, transmitida por el mejor medio que es la vía desinteresada de la amistad, no conoce de barreras ideológicas, culturales y demás. En el cursillo, realizado según el carisma fundacional, en la persona tienen lugar tres grandes encuentros: con uno mismo, con Cristo y con los demás. Un cursillo dura tres días, pero no puede ser explicado, hay que vivirlo, aunque lo más importante es el cuarto día, que si uno o una quiere, puede durar toda la vida en la normalidad de lo cotidiano, pues aunque los problemas del día a día están ahí, la amistad verdadera con uno mismo, con Cristo y con los hermanos y hermanas, impulsa la alegría de nuestro vivir y pasa por ver con ojos nuevos las cosas de siempre.
Quienes conocimos a Eduardo sabemos que la vida nos ha mimado con el regalo de su encuentro en clima de amistad, por haber tenido la oportunidad de descubrir la sencillez y al mismo tiempo la grandeza de quien dijo ser un aprendiz de cristiano, y quien respondió con coherencia frente a las adversidades que tuvo que superar para seguir adelante. Hoy recordamos con alegría a éste mallorquín universal, quien al sentirse tan amado por Dios, supo contagiar ese entusiasmo a través del movimiento de Cursillos de cristiandad, para hacer llegar esa buena noticia a lo mejor de cada uno y de cada una, que es su ser de persona, a través del mejor medio, que es la amistad. Eduardo no era amigo de lo extraordinario, a los y las jóvenes de por aquel entonces nos hacía reír con la broma acerca de si al fin habíamos encontrado a alguien tan o más «tonto» que él, siempre quitándose importancia, lo cual es chocante para quien dejó un testimonio de vida siendo alguien «tan extraordinariamente normal». Gracias, Eduardo, seguiremos buscando.
Mallorca es la cuna de los Cursillos de cristiandad, y en el 80 aniversario de su nacimiento seguimos con la misma ilusión, pensando que el Evangelio todavía está por estrenar y aunque la vida aprieta a veces demasiado, seguimos pensando que, como decía Eduardo:
«La vida es bonita, la gente es importante y vale la pena vivir».
Dedicado a todos los cursillistas y todas las cursillistas del mundo, a los que ya nos han dejado, a los que sí están y a los que vendrán.
